Conversaciones para la Paz. Me niego a ser parte de tu narrativa.
21 enero, 2026

Dra. María Gabriela Zapata Morán [1]

Me niego a aceptar la presión de “elegir un bando” cuando esa exigencia termina por ponerse en contra de la integridad de la especie humana. Una vez más, el discurso parece reducirse a esto: que la ideología pese más que el bien común; que las convicciones se vuelvan moneda de cambio; y que, en nombre de banderas ajenas a la vida cotidiana, se sacrifiquen miles de oportunidades, hogares y futuros, mientras los lords of war (los señores de la guerra) hacen negocio con el miedo y la polarización.

Me niego a creer que una cultura sea superior a otra. Me reafirmo en lo esencial: somos una sola raza humana, habitantes de una esfera que flota en el espacio, compartiendo recursos finitos y un destino inevitablemente común. Como planteaba Garrett Hardin en La tragedia de los comunes[i], lo “común” no es un privilegio de unos cuantos: es un acuerdo frágil y necesario sobre lo que nos sostiene a todos, precisamente porque es limitado. Y si es limitado, entonces exige responsabilidad, cooperación y una ética mínima de corresponsabilidad; no la lógica del “sálvese quien pueda” ni el aplauso a la confrontación permanente.

Me siento obligada a recordarlo: no podemos ser tan reduccionistas como para dividirlo todo entre “fachos” y “zurdos”. Esa simplificación no sólo empobrece la conversación; también borra décadas de desarrollo en las ciencias sociales y en la filosofía. Nos acostumbra a pensar en etiquetas en lugar de procesos, en insultos en lugar de argumentos, en tribus en lugar de ciudadanía. Y en ese ruido se nos pierde lo que tanto ha costado construir: el aprendizaje histórico, el pensamiento crítico, la pluralidad democrática y ese constante despertar, a veces lento, a veces doloroso, que aquí hemos llamado, con matices propios, humanismo mexicano.

La guerra, y, sobre todo, las decisiones concentradas en muy pocas manos, jamás deberían ser más importante que los afectos. Afecto hacia mi familia estadounidense. Afecto hacia la posibilidad de sentarnos a compartir una mesa, una conversación, una risa. Afecto hacia el gozo sencillo de un buen partido de fútbol americano o un taquito banquetero. Afecto, en suma, hacia la vida compartida entre pueblos. Porque queda claro que muchas de esas decisiones no reflejan el interés real de las comunidades que se quieren, conviven y aprenden a respetar sus diferencias. Los pueblos no se odian por naturaleza: se les enseña a odiar cuando conviene, cuando es rentable, cuando se premia la estridencia y se castiga el matiz.

Por eso lo digo con claridad: no pretendan regresarnos a una época a la que nuestras conciencias colectivas ya no pertenecen. No nos pidan renunciar a la empatía para pertenecer a una consigna. No nos exijan que la identidad se construya a partir del enemigo. Yo elijo otra cosa: la dignidad humana por encima de la propaganda, la complejidad por encima del dogma, la cooperación por encima del cinismo. Elijo recordar que el bien común no es una idea ingenua: es una tarea urgente. Y que ningún relato impuesto vale más que la vida, los vínculos y la esperanza que todavía compartimos.


[1] Doctorado en Relaciones Internacionales, Negocios y Diplomacia por la UANL, Profesora en el Doctorado en Métodos Alternos de Solución de Conflictos, de la Facultad de Derecho y Criminología, Candidata del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores de la SECIHTI, Posdoctorante en el Colegio de la Frontera Norte, Miembro del Grupo de Investigación Entorno Económico y Competitividad del Caribe, USA, Santa Marta, Colombia.


[i] Hardin, Garrett. The Tragedy of the Commons. Science, vol. 162, núm. 3859, 1968.
(Referencia directa a la idea del bien común, los recursos finitos y la corresponsabilidad).

Fuentes

Amendolare, N. (2024). ¿Qué es la trageida de los comunes? [Vídeo]. YouTube. https://youtu.be/JzYHlUXR6xo?si=21BDDqyc0QsWhqJN

Imagen de Portada: Frits Ahlefeldt; Dibujo de hombres de negocios alrededor del último árbol de dominio público

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