Por Marycruz Gámez Torres
Los días son tan diferentes a los demás, como personas siempre imaginamos que la vida seguirá igual que nosotros solo la podemos cambiar, si nos lo proponemos, pero ahora estamos en medio de una pandemia, y aprendimos a valorar cada momento.
Hoy al despertar, me sentí abrazada por un frío agradable que rozó mi cara, escuché a esas golondrinas madrugadoras que hace un sonido perfecto, me sentí tan afortunada de estar en mi hogar, después percibí la voz de mi madre y corrí hacía el lugar donde estaba ella porque sabía que el almuerzo ya estaba listo y claramente era así, ese olor a café de olla tan peculiar y penetrante, después de una charla monótona y terminar mi comida, decidí visitar a mi abuelita Claudia, mi mejor aliada en todo, ella ya tenía sus canciones de los Tigres del Norte e inmediatamente sonrió al verme y yo a ella, fue en ese momento cuando recordé que de ella heredé ese corazón tan alegre, la abracé y lo disfruté tanto, a veces la veo tan feliz con sus flores y no es por mentirles pero me dan ganas de llorar, le agradezco a Dios y a la vida de tenerla conmigo; me hace la invitación de acompañarla a sus mandados y rápido le contesto que sí, sé que ahora ella es más grande y necesita de compañía, además tenía que cuidarla y recordarle las medidas de seguridad que tanto nos ha costado aplicar como: el uso del cubrebocas y el saludo de la sana distancia con sus amistades.
Por fin, salimos de su casa y ella solo quería comprar flores, la tomé del brazo y me agradeció por acompañarla. Tengo que admitir que algo que realmente me impresionó fue observar que todos los negocios ya estaban abiertos, con sus ceras limpias, listos para recibir a sus clientes, veía a gente pasar y me sentía feliz de que la mayoría llevará puesto su cubrebocas. Seguimos con nuestro camino y aunque sabía de antemano que se nos cruzarían en este paseo varias de sus amigas, sucedió, y escuché que con tristeza comentaban que para las fiestas de aniversario del municipio no vendrían a visitarlas sus hijos, en ese momento reaccioné y recordé que era septiembre y que no tendríamos ninguna fiesta. Imaginé las familias enteras afuera de sus casas, listas para contemplar la cabalgata; imaginé la presidencia decorada con esos grandes murales, tan únicos; imaginé al cuadro de danza dando su presentación más grande del año; imaginé los fuegos artificiales; imaginé todo lo que hacemos y que tanto nos gusta y finalmente aterricé a la realidad y dije ¿y ahora cómo festejaremos? pero, en ese momento, no me di cuenta que la vida me estaba gritando la respuesta, mi abuelita se despidió de su amiga y pronto llegamos a la florería, le ayudé a escoger su ramo, terminamos la compra y regresamos a casa, nos sentamos es su jardín, que es nuestro lugar favorito, nos refrescamos y ella me invitó a jugar lotería en la tarde, es su único pasatiempo, así que acepté con la misma emoción e intensidad que ella demuestra cuando se acerca el tiempo de esta actividad, porque cabe comentarles que estableció un horario para formalizar esta convivencia.
Recuerdan que les dije que la vida me estaba gritando la respuesta, les explicaré, el clima es agradable aquí, es fresco y en septiembre siempre tenemos lluvias hermosas que mojan la tierra, riegan las siembras de nuestra gente y esa gran fauna que nos rodea, hace que disfrutemos del olor a tierra mojada, los atardeceres aquí son los mejores, el día siempre se despide de una maravillosa forma y nos sorprende con la combinación de sus colores.
Todas las personas que están aquí, tienen sueños que cumplir, son tan grandes que algunos de ellos los obliga a abandonar sus casas para alcanzarlos, la mayoría son los jóvenes que, sin darse cuenta, van y ponen en alto a su pueblo, eso es algo que se caracteriza de nosotros y se llama valentía, así como hay más personas que tienen un corazón tan noble y sin tener tanto ayudan a los demás, claro, también sobresalimos por eso. Tenemos una gran historia que recodar cada año, sin embargo, esta vez es diferente pero nuestro Dr. Arroyo, nos premia con muchas cosas que tenemos día a día y no nos damos cuenta que son maravillosas. Solo recuerda la comida de la que disfrutamos, observa a tus abuelos cuidar a su ganado, labores, jardines, etc., mira a los trabajadores de cada negocio y la lucha que hacen por querer salir adelante, por esos estudiantes que han llegado tan lejos, por esa simple tranquilidad que tenemos cada día para poder disfrutar, porque somos así, unidos y firmes a nuestros sueños, porque llevamos una gran historia en nuestro corazón, porque somos Doctorarroyenses. Ahí está la respuesta.
Foto: Daniel Alvarad0





