EL CEDRO DE MÁS DE 100 AÑOS QUE HOY AGONIZA EN EL CORAZÓN DE CATORCE
3 febrero, 2026

por Yoscelyn Bustamante

Por décadas más de un siglo el cedro de la Plaza Hidalgo ha estado ahí sin pedir nada. Vio pasar mineros, peregrinos, franciscanos, turistas y generaciones enteras de catorceños que crecieron a su sombra. Fue plantado, según los registros históricos, alrededor de 1888, cuando Real de Catorce todavía aprendía a sobrevivir entre la fe, la plata y el desierto. Hoy, ese mismo árbol se está muriendo. Y no por una sequía inevitable ni por el paso del tiempo, sino por decisiones humanas mal ejecutadas. Uno de sus habitantes más longevos pide ayuda.

En Real de Catorce solemos hablar de lo místico, de la energía del pueblo, de su conexión espiritual con la naturaleza. Pero el misticismo no se defiende con discursos: se protege con acciones. El cedro común de la plaza con sus casi 30 metros de altura no es solo un árbol. Es un símbolo vivo de identidad, un testigo histórico, una forma silenciosa de memoria colectiva.

Su deterioro no es un accidente. Es consecuencia directa de una tala mal ejecutada y de los trabajos de la remodelación realizada en 2023, cuando, durante la construcción de un aljibe para los baños públicos, seccionaron parte de su raíz. Cortar la raíz de un árbol centenario es como pedirle que siga caminando después de amputarle una pierna. Puede resistir un tiempo, pero el daño es profundo, lento y casi siempre irreversible.

Lo más grave es que estos trabajos se realizaron aun cuando la obra contaba con sellos de suspensión del INAH, como fue documentado oportunamente por éste medio y que hoy resultan incómodos, pero necesarios. La historia reciente de Real de Catorce está llena de decisiones que se justifican en el “progreso”, pero que terminan erosionando justo aquello que hace único a este pueblo.

Los franciscanos entendían algo que hoy parece olvidarse: la relación entre los seres humanos y los seres vivos no es de dominación, sino de cuidado. En una comunidad donde la fe, la naturaleza y la historia se entrelazan, dañar un árbol centenario no es un asunto menor. Es una ruptura simbólica con ese equilibrio que tanto presumimos ante el mundo.

Hoy, entre el municipio y la sociedad civil, se están realizando acciones para rescatar al cedro: una poda adecuada y técnica, y la evaluación de un tratamiento especializado que permita salvarlo. Estas acciones llegan tarde, pero llegan. Y eso importa. Porque aún hay margen para corregir, para aprender, para no repetir.

Esta columna no busca señalar solo a una administración pasada. Busca algo más incómodo: interpelarnos como comunidad.

¿Cuántas veces hemos guardado silencio ante decisiones que dañan nuestro patrimonio natural? ¿Cuántas veces hemos normalizado que la historia se corte, se tale o se cubra de concreto?

Cuidar el cedro de la Plaza Hidalgo no es un gesto romántico. Es un acto cultural y ético. Es entender que Real de Catorce no se hereda intacto si no se defiende vivo. Porque cuando un árbol centenario muere por negligencia, no solo se seca una raíz: se debilita la memoria de un pueblo entero.

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