Los Buscones: Antimonio, pobreza y pólvora en la Sierra de Catorce
30 julio, 2025

Por: Ismael Leyva

En las entrañas de la Sierra de Catorce, donde la tierra ha sido saqueada una y otra vez en nombre del «progreso», sobreviven 300 personas que no figuran en ningún contrato, que no aparecen en los registros del IMSS ni tienen uniforme, pero que todos los días ascienden —o escalan— por la ladera llamada Tierras Negras, en busca de piedras con brillo de antimonio y olor a pólvora.

Son los llamados “ Buscones”, familias completas que viven al día, golpeando piedras con marros, con las manos desnudas y los pulmones expuestos. Son parte de ese México invisible, funcional para la industria, pero descartable para el Estado. Porque sí: lo que ellos extraen se lo venden directamente a la misma empresa minera que abandonó formalmente la zona hace años. Ironía brutal: dejaron la mina pero no el negocio.

La mina San José, ubicada en la comunidad de Jesús de Coronados, fue abandonada por la empresa hace más de una década. Ya no había rentabilidad, dijeron. Pero bajo la narrativa de la desinversión se esconde otra más rentable: la de la informalidad total. Ya no hay sueldos, ni seguridad industrial, ni sindicatos, ni demandas laborales. Solo 300 personas —entre ellas, menores de edad— sacando entre 40 y 50 kilos diarios de piedra con antimonio a cambio de 700 a 900 pesos por jornada. Eso si el día es bueno, si el marro no se rompe, si la piedra coopera. Ese trabajo es una fuente necesaria para ellos, mas de 300 familias dependen de ello

Ubicación de la mina y el arroyo de piedras de antimonio

“¿Cómo lo hacemos? Pues con lo que Dios nos da. Un marro, una canasta y la moto,” dice Everardo García, buscón veterano. “Desde chamaco lo hago. Mi papá trabajó aquí 35 años. Ahora mis hijos también.”

Entre los 300, hay niños. Sí, menores de edad. Trabajando en una mina abandonada pero activa, expuestos al polvo, al sol, a la explosión ocasional y a un sistema que prefiere no verlos. Porque si se mira muy de cerca, hay que actuar. Y si se actúa, se interrumpe el flujo del mineral.

El trabajo infantil aquí no es accidente. Es herencia. “Somos cuñados, hermanos, hijos… aquí andamos todos”, cuenta Everardo. Es minería como práctica familiar. Un legado de la precariedad.

Cuando rompen una piedra y huele “a cuete”, saben que es antimonio. No usan gafas, ni guantes, ni respiradores. No hay normas de seguridad ni capacitación. Solo el olfato y la experiencia transmitida oralmente. Como en los tiempos del Porfiriato.

Para quienes se arriesgan más, hay más ingresos. Son los buscones del interior: los que bajan a la mina abandonada, con plantas de luz, barrenos, dinamita y hasta transportes improvisados. Si el buscón del arroyo extrae 50 kilos, ellos logran diez veces más. Pero a cambio juegan una ruleta rusa con la vida. Los derrumbes son un riegos real. Las explosiones, también.

El antimonio no es un mineral glamoroso. No brilla como el oro ni es tan conocido como el litio. Pero es vital. Se usa en la producción de baterías, retardantes de fuego, materiales militares, y hasta para endurecer metales en la fabricación de armas. Es, en términos técnicos, un comodín industrial.
Pero para los buscones, es solo “la piedra que huele a cuete”.

La paradoja más cínica es que los buscones no son dueños de nada. El terreno, la concesión, la veta, todo sigue siendo propiedad de la misma empresa de la mina de Villa de la Paz que ya no extrae, pero sí compra. Les pagan 18 o 20 pesos por kilo, sin asumir responsabilidad laboral alguna. Sin Seguro Social, sin equipo, sin contratos. No hay patrones, pero sí hay compradores. No hay mina activa, pero sí hay producción constante. Y todo bajo el silencio cómplice de autoridades que, como siempre, no ven, no oyen, pero sí permiten.

En Catorce, el antimonio sigue saliendo de las entrañas de la tierra, pero ahora lo hace con las manos de los invisibles. Cada kilo extraído huele a pólvora, pero también a abandono. Cada niño con un marro es una bofetada a la Constitución. Y cada compra de mineral por parte de una empresa “retirada” es una muestra más de cómo funciona el sistema: sin rostro, sin responsabilidad, sin escrúpulos.

Los buscones no piden caridad. Solo trabajo digno. Pero en este país, hasta eso parece un lujo.

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