Por Ismael Leyva
En México, las emergencias no esperan. Llegan sin aviso, sin protocolo previo y, muchas veces, sin una respuesta inmediata. En ese vacío, entre el accidente y la atención, entre el riesgo y la posibilidad de sobrevivir, es donde realmente se mide la capacidad de una sociedad para proteger a los suyos. Por eso, hablar de formación en urgencias médicas no es hablar de un curso más: es hablar de una inversión directa en la vida.
En Matehuala, lejos del ruido político, de la feria y de los grandes anuncios, se está construyendo algo que merece atención. El Diplomado en Técnico en Urgencias Médicas (TUM), impulsado por Protección Civil Municipal, representa una de esas acciones que no generan titulares escandalosos, pero que tienen un impacto profundo y duradero. Desde el pasado 24 de enero, 35 personas decidieron asumir un compromiso que va más allá de lo académico: prepararse para actuar cuando otros no pueden. Y quizá el dato más revelador no es cuántos comenzaron, sino cuántos siguen. A la fecha, la plantilla permanece intacta. Nadie ha desertado. Nadie ha soltado el proceso. Eso, en un contexto donde el abandono suele ser la constante, habla del interés, pero también de la calidad de lo que se está impartiendo.
Porque este diplomado no se queda en la teoría. Es una formación que exige comprender el cuerpo humano desde su funcionamiento más básico hasta sus respuestas en condiciones críticas. Enseña a identificar qué está fallando cuando una persona deja de respirar, cuando su corazón se detiene o cuando su cuerpo entra en crisis. Forma para intervenir en segundos decisivos, donde una acción correcta puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Prepara para enfrentar accidentes, traumas, enfermedades súbitas, y para tomar decisiones bajo presión, con conocimiento y precisión. No se trata solo de aprender técnicas, sino de desarrollar criterio, temple y responsabilidad.
Y ahí radica uno de sus mayores valores: el efecto multiplicador. Porque cada persona que adquiere estas habilidades no se queda con ellas. Las lleva a su entorno inmediato, a su familia, a su trabajo, a su comunidad. Se convierte en alguien capaz de responder cuando no hay tiempo para esperar a una ambulancia. En alguien que puede sostener la vida unos minutos más. En alguien que puede cambiar un desenlace.
El diplomado, además, no está siendo impartido por improvisados. Cuenta con instructores capacitados, varios de ellos provenientes de la capital potosina, con experiencia real en el campo de las urgencias médicas. Esa combinación entre conocimiento técnico y práctica profesional eleva el nivel de la formación y explica, en buena medida, por qué los alumnos se mantienen. Cuando lo que se enseña tiene valor real, se nota.
Sin embargo, también es necesario decirlo con claridad: no todo es fortaleza. Como ocurre con frecuencia en el ámbito público, la voluntad y el compromiso están enfrentando limitaciones que no deberían existir. El director de Protección Civil, el Mtro. Luis Ángel Martínez Nava, ha tenido que sortear dificultades constantes para conseguir espacios adecuados donde impartir el diplomado. En ocasiones, el propio Centro Cultural limita tiempos y áreas disponibles, obligando a trasladar las actividades hasta lugares como el Parque de las Camelias para poder dar continuidad a la formación. Es decir, hay alumnos, hay instructores, hay contenido de calidad… pero no siempre hay condiciones dignas.
Y es ahí donde la responsabilidad institucional debe entrar en juego. Porque este no es un proyecto menor. No es una actividad opcional. Es una formación que responde a una necesidad real del Altiplano potosino, donde la demanda de personal capacitado en atención prehospitalaria es alta y, en muchos casos, urgente. Además, este diplomado no solo forma, también certifica. Abre la puerta para que quienes lo concluyan puedan ejercer no solo en México, sino también en otros países como Canadá y Estados Unidos. Es, al mismo tiempo, una herramienta para salvar vidas y una oportunidad de desarrollo profesional.
Por eso, resulta fundamental que este esfuerzo no dependa de la improvisación ni de la buena voluntad de unos cuantos. Debe consolidarse como una política pública respaldada, fortalecida y sostenida en el tiempo. El municipio, encabezado por el presidente Raúl Ortega Rodríguez, tiene en sus manos la posibilidad de convertir este diplomado en un referente regional, dotándolo de presupuesto, infraestructura adecuada y continuidad.
Porque cuando algo funciona, cuando impacta, cuando transforma, no se le deja sobrevivir: se le impulsa.
Hoy, en Matehuala, hay 35 personas que están aprendiendo a hacer lo que muchos no sabrían en un momento crítico. Están aprendiendo a intervenir, a decidir, a actuar. Están aprendiendo, en esencia, a sostener una vida en riesgo.
Y en un país donde la emergencia puede tocar cualquier puerta, la verdadera pregunta no es si vale la pena invertir en este tipo de formación.
La pregunta es: ¿quién va a estar preparado cuando ese momento llegue?









