Por Abelardo Medellín Pérez.
Morena y sus líderes, han entendido que no basta con tener la intención de hacer algo artificioso, sino que también se necesita intervenir el único bien público que no se había trastocado hasta ahora: el de la palabra.
El pasado 14 de septiembre se publicó en el Diario Oficial de la Federación el decreto por el que se expidió la Ley Federal de Revocación de Mandato, misma que fue ordenada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha impulsado que este ejercicio de revocación se celebre el próximo año.
Al igual que como ha pasado con la mayoría de las ocurrentes propuestas que impulsa el presidente, esta idea de López Obrador por someter su mandato a una revocación pública ha sido ampliamente apoyada por sus correligionarios de Morena; ¿pero por qué?, ¿por qué los morenistas apoyarían esta propuesta si “revocar el mandato” significaría quitar al presidente de su puesto?, ¿acaso es una suerte de apoyo ciego a una idea pésima (una de tantas que ha sido respaldada así)?
El tema es el siguiente: la revocación de mandato es un “instrumento de participación solicitado por la ciudadanía para determinar la conclusión anticipada en el desempeño de la persona titular de la Presidencia de la República, a partir de la pérdida de la confianza”, esto de acuerdo con el portal del Instituto Nacional Electoral (INE).
Básicamente, cuando la ciudadanía no confía más en la forma en que un presidente lleva el país, la población se organiza, pide al órgano electoral una revocación de mandato, se vota en urnas y se retira al jefe del ejecutivo de su puesto.
La pregunta hasta aquí es la misma: ¿por qué lo promueve el presidente y su séquito, si la esencia de este ejercicio es que emerja desde la ciudadanía?
La clave está en el posible resultado. Imaginemos que el niño más listo del salón decide hacer un “chismógrafo” en el que pregunta “¿Verdad que soy el más burro del salón?”; por suerte, azar o lógica, muchos de los compañeros podrían responder que no, y si un número suficiente de compañeros contestan que él no es el más burro del salón, la resolución lógica en consecuencia sería argüir que este niño, si no es burro, podría ser listo. Por pura eliminación, sesgada y mal interpretada eliminación de factores. Eso es lo que quiere López Obrador.
El presidente espera poder preguntar algo similar a: “¿quieren que me vaya de la presidencia?”, y si un buen grupo de mexicanos responden “no”, el presidente y sus apóstoles guindos asegurarán tener materia (oficial y abalada) para decir: “¡ah!, entonces quieren mucho al presidente y lo respaldan, ¡viva el líder”.
Esto que buscan hacer los morenistas (y su líder con funciones de presidente) se llama ratificación, un ejercicio jurídico en el que se verifica la validez o veracidad de un acto o (en el caso de un cargo) se le permite a un servidor público prestar sus servicios por un periodo extra al que fue llamado, en gratificación por haber hecho un buen trabajo.
Esta figura le planteaba un problema al presidente: la ratificación no está disponible para el jefe del ejecutivo mexicano. Si eres presidente de México, cumples tu mandato de 6 años (como dice el artículo 83 constitucional) y la validez de tu mandato no se mide, solo se imagina.
Esto no le gustó para nada a nuestro primer mandatario quien, acostumbrado a la superioridad moral, necesitaba una manera de que el pueblo le expresara validez y respaldo a su gobierno; el necesitaba una ratificación.
Y la encontró: el presidente pidió que iniciara este proceso para emprender una “Revocación de mandato” que luego buscó desvirtuar para convertirla en una ratificación de su mandato.
Esa desvirtuación ya comenzó y es tan obvia que el descaro duele.
La gente del presidente (es decir cualquier morenista sin pena ni sentido común) ha comenzado una campaña que propone un artificio simple, pero poderoso: cambiar una palabra. Los morenistas, han utilizado la última semana para propagar la versión de que se comenzarán los preparativos para la “ratificación de mandato”. Ojo, ellos dicen ratificación, no revocación, ese es el tema.
Bastaría con decirles que revisen la publicación de la Ley de Revocación de Mandato publicada el 14 de septiembre en el DOF para lavarles la boca a papelazos y que dejen de decirle “ratificación”, pero no, ellos tienen el llamado de desfigurar este ejercicio.
Tú que lees este rincón podrías no creerme, pero yo nunca fui a la guerra sin fusil… de hecho, nunca fui a la guerra.
Hace dos meses, Mario Delgado, líder de Morena publicó en su Twitter una publicación en la que llamaba a la “revocación” una “ratificación”; el mismo cambio de palabras aventuró Citlalli Hernández Mora, Secretaría General de Morena, durante su visita a San Luis Potosí en esas fechas.
Para pruebas más recientes basta con visitar la página de Facebook de Alfonso Ramírez Cuellar, ex diputado morenista quien intentó ser dirigente nacional de Morena; el ex diputado, ha realizado una gira el último mes para realizar “foros sobre la ratificación de Mandato”, mismos que ha promocionado a través de esta red social. Mañana, viernes 5 de noviembre, Ramírez Cuellar estará en la capital potosina para uno de estos ejercicios de mal interpretación y desinformación.
Y si aún dudan de la injerencia que ha tenido esta tergiversación en el sector público, los invito en que vayan y busquen las decenas de notas que ya le dicen “ratificación” a que busca el presidente, todo por apegarse a la forma en que lo llaman los actores políticos de la izquierda obradorista.
Este maniqueo intento por cambiar la naturaleza de un ejercicio democrático no es poca cosa, en este espacio no vamos a denunciar escandalizados que esto es un intento por reelegir al presidente (aunque algunos morenistas ya se les hace agua la urna por algo así); no, preocuparse por lo que “podría ser”, no nos permitiría juzgar con firmeza lo que hoy se hace mal.
Este cambio de palabras, esta insistencia por llamarle “ratificación”, esta promoción propagandística de los morenistas, es un ejemplo de la facilidad y desvergüenza con que el grupo político en el poder puede poner en jaque instituciones, intenciones y pretensiones democráticas de corte ciudadano.
El respeto a las reglas del juego es una condición que no acepta excepciones en las democracias funcionales; la nuestra puede no ser perfecta, pero su imperfección no debe servir de excusa para que se aprovechen de ella, ni debe ser el argumento cínico de quienes no quieren hacer nada.
Utilizar los términos correctos y aplicarlos con las intenciones convenidas es nuestro derecho y obligación; corregir a estos personajes, también es deber nuestro y si a ellos no les gusta que corrijamos sus chapuzas, pues entonces sí tendremos materia para armar una REVOCACIÓN pareja contra quienes se resistan, sea institucional o pública.
Nos leemos el martes.





