Por Alejandro Contreras Ramírez
Es verano, La escuela ha terminado, los días son dominados sea por la lluvia o el intenso sol. La naturaleza, como las redes sociales, tampoco se anda con medias tintas. El presente, amarillo. El día de ayer las autoridades sanitarias han declarado la semaforización del estado en color amarillo, los casos aumentan y las medidas sanitarias se retoman de forma lenta, espero que, por velocidad, el bicho no nos saque la vuelta. Con este paisaje, la incertidumbre crece respecto al regreso, a clases de forma presencial.
A ratos recuerdo como es la vida escolar, asistir a clases y toda la dinámica compleja que se desata en este territorio del sistema social. Algunos piensan que ya debemos retomar la vida escolar de forma presencial. Yo no estoy completamente de acuerdo con ello. Menos, con la estadística actual en el incremento de casos. En mi mente persiste la idea que, nuestros estudiantes no están vacunados. No hemos llevado a cabo simulaciones de clases presenciales para estar mejor preparados y sobre el comportamiento de la pandemia, esta sin duda, se resiste a ser domada.
Al respecto del tema educativo, en estos días encontré en redes una información que se me hizo muy interesante, era un artículo escrito por Gustavo Bravo Rubio, en el cual se desarrollaba la pregunta ¿Qué tipo de educación deseamos y por qué la deseamos así? Recientemente se han buscado implementar en las escuelas una cobertura de atención a la inteligencia emocional, el autocuidado, la meditación e introspección como herramientas para afrontar la vida. Esto con el objetivo de que los estudiantes alcancen una resiliencia que puedan llevar a sus trabajos. Dicho en otras palabras, más terroríficas, los programas respecto al cuidado de las habilidades socioemocionales (como suelen decirles recientemente) son para generar esquemas de empleados que aguanten en silencio las pésimas y precarias condiciones laborales a las cuales se enfrentaran. El modelo económico y político capitalista exprimiendo hasta la última gota de los obreros.
La socióloga Eva Illouz señala que la educación actual aspira a una educación emocional más que a una que fomente la abstracción (matemáticas), la creatividad, la estética del arte, la dialéctica encontrada en la historia. En resumen, se abandona el pensamiento crítico y reflexivo. Este abandono es un requisito para el contexto postindustrial centrado en los servicios de, capital humano con una buena actitud, feliz y no depresiva.
Replantearse estas perspectivas nos pone en el juego a aquellos que seamos docentes, si queremos realizar nuestra labor con vocación, debemos mejorar y estudiar sobre nuestro esquema de enseñanza a los estudiantes, generar en ellos un pensamiento crítico. Fortalecer su pensamiento, para que ello lo haga incursionar y experimentar nuevas realidades más allá de su contexto en el sistema social.
A manera de conclusión sobre este artículo pienso lo siguiente: eduquemos estudiantes con pensamiento crítico dispuesto a integrarse y trabajar por la colectividad de la sociedad, y no capital humano individual que tenga que aguantar en silencio hasta que colapse por seguir los caprichos de un sistema utópico como lo es el capitalista.
Fue Paulo Freire quien pensaba que “la educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar al mundo”.
Nos vemos pronto, en el sistema social.




