La partería: un oficio del corazón
7 marzo, 2021

Por Imelda Aguirre Mendoza

Eleuteria nació partera. Ella considera que ese oficio es una predestinación, “a veces ya no me gustaría seguir haciendo este trabajo pero es como un destino, crecí así, viene de mi mamá, del corazón”, comenta. La labor de partera es trasmisible por herencia, y de acuerdo con Eleuteria, todos los conocimientos que se necesitan, se concentran en el corazón, pues aunque su abuela se dedicaba a lo mismo, jamás le enseñó los procedimientos, “todo ya estaba ahí, en el corazón”, insiste.

Todo comenzó hace 32 años, cuando un joven le pidió que asistiera el parto de su esposa ya que no había nadie más en su casa que lo pudiera auxiliar. Ella accedió y las cosas salieron bien. Eleuteria cuenta que antes de cada parto acostumbra rogarle a Dios para que le ayude en todo lo que va a hacer. Para ella es común que los santos se le manifiesten en sueños y desde ahí puedan conversar y obtener sus consejos. Relata: “un tiempo me llegó la palabra de Nuestro Señor y me habló, me dijo que él sabe todo lo que padezco, yo lo oía como si estuviera despierta. Me pidió que rezara antes de hacer mi trabajo”.

Eleuteria menciona que antes de salir hacia la casa de la mujer que atenderá, enciende una veladora, “es para que no me pase nada y diosito me acompañe, y siempre salgo bien”, agrega. Periódicamente realiza ofrendas integradas por tamales y bolimes (tamales de gran tamaño que se acostumbran en la Huasteca) para así agradecer la protección de Dios durante su práctica como partera. En dichas celebraciones ocupa la participación de un curandero, quien le efectúa una limpia para que le ayude a eliminar los malos aires adquiridos durante su trabajo y la libre de los peligros constantes.

Algunas mujeres embarazadas solicitan la atención de Eleuteria desde los primeros meses de gestación, tiempo en que ella les propina un masaje -al que llama “sobada”- cada mes hasta llegar al alumbramiento. Las “sobadas” sirven para hacer más llevadera la etapa de gestación y aminorar los dolores; las realiza con aceite de oliva y árnica que unta sobre el vientre y las partes del cuerpo que presenten dolores. Igualmente recurre a baños calientes e infusiones de cáscara de aguacate.

Ya durante la labor de parto, Eleuteria limpia a las mujeres con blanquillos, ramas y con una vela, “para que lleguen sin mal y todo sea más rápido”, menciona. Posteriormente “tengo que ver si hay dolor, tocar si la cabeza del bebé ya está cerca, darles un té y esperar”. Después de haber asistido un alumbramiento, las parteras se encargan de darle el primer baño al neonato y realizar el corte del cordón umbilical. Además de ello, Eleuteria suministra un té de comino que le ayude a la madre en la expulsión de la placenta.

En la actualidad la mayoría de las mujeres en las comunidades de la Huasteca potosina y en otras regiones de México, deciden dar a luz en las clínicas de los pueblos, en los hospitales municipales y regionales. Esta decisión se encuentra en gran medida influida por los programas de asistencia social –quienes condicionan la dotación de apoyos económicos- y la presión que ejerce el sector salud al poner en tela de juicio el conocimiento de las parteras.

Desde hace aproximadamente dos décadas el sistema de salud hegemónico ha contribuido en la mengua de las parteras y sus saberes, pues en la supuesta búsqueda de controles óptimos de natalidad y servicios asépticos llevados a cabo por personal capacitado, se ha dado a la tarea de “empadronar” a las parteras de las comunidades, aprobando la labor de quienes asisten a cierto número de cursos y cumplen una serie de requisitos, siendo éstas las “parteras registradas”, en tanto que el resto quedan incapacitadas para desempeñarse en su oficio. Aún con todo esto, el quehacer de la partera, eminentemente femenino, en un oficio que resiste a los embates de las políticas públicas de salud, existe a pesar de la baja remuneración económica que de esto se obtiene y se expresa como un contenedor de conocimientos ancestrales que hacen frente al tiempo, pues vienen del corazón.

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